Sal del círculo de la culpa y el castigo y hazte cargo de tu vida.

Seguramente hemos tenido contacto con personas que constantemente se están quejando. Si no es el tiempo, es el espacio, sino, el jefe, o su pareja, el gobierno, la crisis, el cambio climático, la salud, Dios… Algo allá afuera está interfiriendo directamente en su bienestar. Probablemente, nosotros mismos pasamos por momentos de queja y de derivar la responsabilidad de nuestra vida a agentes externos.

¿Recuerdas lo que pasa con tus emociones cuando te quejas? Habrás notado como la impotencia, la frustración o incluso, la fatalidad, se apoderan de ti, ingresando en un círculo de pensamientos negativos y reiterativos en los que te ves a ti mismo como una víctima de las circunstancias. Estás a expensas de lo que ese exterior adverso decida.

Desde nuestra infancia vamos incorporando una serie de patrones, que nos indican la forma de relacionarnos con el mundo. Así, es frecuente escuchar a l@s niñ@s pequeñ@s referirse a la culpa de otro como un obstáculo para conseguir aquello que quieren o para descargarse de la responsabilidad de un evento. El culpable suele estar fuera: Su herman@, su compañer@, su madre, su padre, el tiempo, la puerta o la ventana. Otra persona es la directa responsable de sus actos.

Si hay un culpable fuera, también hay alguien allí, que reprueba nuestros actos castigándolos, cuando no se ajustan a lo que se espera de nosotros. Aprendemos que aquella persona que no cumpla la norma establecida o lo que se espera de ella, debe ser castigada.

Nuestra cultura lleva siglos cimentada sobre la culpa y el castigo como mecanismo de cohesión social, así que lógicamente, hemos incorporado un sentimiento de culpabilidad. Aprendemos que, frente a un evento no deseado por nuestro entorno, alguien externo nos castiga. Lo hacen nuestros padres, profesores, nuestros iguales o incluso algún ser Divino que vigila nuestros pasos y nos premia si nos portamos bien o nos destierra al infierno si sucumbimos al pecado. Hemos aprendido a esperar (o temer) el castigo frente aquello que hacemos mal, o creemos que los demás pueden asumir como tal.

Dentro del desarrollo mental infantil, hay una etapa en la que l@s niñ@s asumen que la autoridad viene de afuera y es ella la que impone el premio o el castigo. Un desarrollo armónico irá conduciendo al pequeñ@ a adquirir la capacidad de verse dentro de las situaciones y asumir su responsabilidad en las consecuencias que ellas generan. Puede, por lo tanto, entender que sus emociones, sus pensamientos y sus acciones están directamente implicadas en aquello que decide y consigue y, y ver cómo al ir cambiándolos, va modificando también el resultado de sus actos.

Pero esto no es lo que suele pasarnos. Hemos aprendido a culpabilizar al afuera, deshaciéndonos así de asumir nuestra responsabilidad. Otro aspecto que hemos interiorizado, es que no sólo hay que ser sino que hay que parecer ser y por lo tanto, si derivamos a los demás las cargas de nuestros actos, tal vez no seamos juzgados o directamente castigados por ellos. Así es como, una de las luchas más encarnizadas con nuestros semejantes es sobre quien es el culpable, y haremos lo posible por demostrar nuestra inocencia, justificándonos con todo tipo de argumentos.

Como sabemos que el culpable merece un castigo, much@s de nosotr@s hemos aprendido a sentirnos mal por nuestros errores, arrastrando tortuosamente una letanía de pensamientos de autocrítica que minan nuestra valía interior. El sentimiento de culpabilidad se convierte en el castigo que nos autoinfringimos ante algún error que hayamos cometido, sea este real o imaginario.

En esa dinámica de culpa – castigo, asumimos un rol de víctimas de los demás, de las circunstancias y de nosotr@s mismos. El afuera entonces, es quien decide sobre nosotr@s y aunque nos revelemos, aunque no estemos de acuerdo, la potestad de nuestra vida la tiene un agente externo.

A pesar de la densidad de lo aprendido y validado por nuestra cultura, “No se puede no decidir”. Nosotr@s somos los únicos responsables directos de lo que experimentamos en la vida y de cómo lo experimentamos. Es decir, seamos o no conscientes, somos los único protagonistas de nuestra vida.

Cuando somos capaces de asumir este rol, nos sabemos responsables de nuestros actos, y en lugar de esperar o temer el consabido castigo, asumimos las consecuencias y nos hacemos cargo de ellas. Desde el rol de protagonistas, valoramos nuestras decisiones, independientemente del resultado de las mismas, ya que no tememos a los errores o fracasos, sino que aprendemos de ellos para redirigir nuestro camino. El rol de protagonista valora la experiencia por encima del resultado de la misma, pues es consciente que el resultado es algo que difícilmente puede controlar. Confía, eso sí, en su capacidad para enfrentarse al momento que se le presenta y reconoce sus emociones y pensamientos, haciéndose cargo de los  mismos.

Cuando nos hacemos protagonistas de nuestra vida, nos sentimos valientes, pues el valor es la capacidad de asumir la realidad tal como se nos presenta, sin evitarla, sin huir de ella, sin quejarnos porque no es lo que esperábamos que fuera. El valor es acompañarnos sabiendo que nosotros, en primera persona estamos aquí, experimentando este momento, reconociendo que éste ocurre porque nuestras elecciones nos han traído aquí y que nuestras elecciones presentes también conducirán nuestro destino. Una persona que se hace cargo de su vida, es un héroe que, aunque tema, no huye a su destino. Así que, otro de los regalos que nos brinda la atención plena, es esta maravillosa experiencia de hacernos cargo de este momento en particular, y de nuestra vida en general.

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